domingo, 29 de marzo de 2015

Alterado.

Sinceramente, creí ser la reina de tus sueños.
Por el brindis de diferencias y aceptaciones abrimos la botella de vino más lujosa que guardábamos dentro de la bodega.
Y es que la nada no encajaba en el juego que ambas habíamos inventado. Inofensiva como ella sola nos observaba curiosa tras la ventana.
Fueron en esas noches en vela en las que marqué tus pálpitos sobre mi piel. Contaba cada milésima de ellos, trataba de perseguirlos y perderlos, y acelerarlos con mis besos.
Establecimos una oposición con nuestros labios cruzado los cuales a la perfección, cumplieron la ley de la atracción. Intercambiaron un sentido inexistente, y se bañaron con su color opuesto, creando una preciosa desigualdad.
Un contraste.
Entonces me perdí, en el humo de tu violenta y seductora aroma que me arropaba todos los crepúsculos y me enloquecía los amaneceres.
Un viaje de cambios tratando de explorar tus perdidos escritos. Excelentes fantasías que narrabas con criaturas que ni se podían imaginar, con sueños tan frágiles como la pura realidad, como cuando tenías un sutil  fragmento de corazón.
Eran los versos que narraban tus silencios o quizá solo fue, fue…
Y entre puntos suspensivos te perdiste.
… Ni yo lo sé…
Me perdí entre puntos suspensivos tratado de hallar el que hiciera final.
Tus silencios en la línea del verso.
Unos cambios durante el viaje de perderte las narraciones; Todas ellas tan puras y tan repugnantemente idealistas, que de ellas cenizas hice con mi mirada de fuego.
Presa de tu dulce aroma desvanecida en el inocente humo, que me acompañaba todo el día y me protegía de la mínima tentación, de la captación.
Un contraste.
Fomentamos una igualdad con la rima de nuestras pestañas, seguían una partitura. Desconocidos tan familiares; Miles de clones idénticamente idénticos, confusos entre la igualdad, desesperados por encontrar la desemejanza.
Mi piel fue marcada por tus pálpitos.  Colocabas tu cabeza sobre mi pecho creyendo que yo no te sentía, y una vez allí simplemente te dedicabas a que sonara un único instrumento a la luz de la hoguera.
Y encajaba todo en la nada, ya que en el todo nada funcionaba. Él era poderoso y orgullosamente lo admitía, mientras que ella, ella simplemente pasaba desapercibida.
De aceptaciones y diferencias fue el brindis. Maldito Chin-Chin de las copas repletas del dichoso vino blanco que me emborrachó.
De todo corazón, confiaba en que era el sueño de tu reina.

Hallé el punto final.

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